Cuando hablamos de hormigón (o concreto), mucha gente lo imagina como una masa que se endurece y ya. Pero la realidad es más interesante: el hormigón es un material que “evoluciona” con el tiempo. Cambia su resistencia, su volumen, su temperatura interna y hasta su durabilidad según cómo se mezcle, se coloque y se cure. Entender estas curiosidades no es solo cultura general: ayuda a evitar fallos típicos de obra.
No es “secar”: es una reacción química
Una de las confusiones más comunes es creer que el hormigón endurece porque “se seca”. En realidad, lo que ocurre es la hidratación del cemento: una reacción química entre el cemento y el agua que forma nuevos compuestos que “pegan” los agregados y dan resistencia.
Curiosidad clave: aunque el exterior parezca duro, por dentro la hidratación puede seguir durante semanas o meses, y por eso la resistencia sigue aumentando con el tiempo (si hubo buen curado y mezcla correcta).
El curado es la diferencia entre un buen hormigón y uno frágil
El curado no es un “extra”: es el proceso que mantiene condiciones adecuadas de humedad y temperatura para que la hidratación avance. Si el hormigón pierde agua muy rápido (viento, sol fuerte, poca protección), la reacción se frena y aparecen problemas.
Qué pasa cuando no se cura bien:
- Baja la resistencia real (aunque el diseño en papel sea alto).
- Aumenta la porosidad y con ella la entrada de agua y sales.
- Se disparan las fisuras por retracción.
- La superficie queda “polvorienta” o se desprende.
El hormigón también “se calienta” por dentro
En elementos masivos (cimientos grandes, losas gruesas, muros robustos), la hidratación puede generar calor interno. Si el interior se calienta y luego se enfría más lento que el exterior, aparecen gradientes térmicos que pueden provocar fisuras.
Curiosidad práctica: a veces un hormigón “fuerte” puede fisurarse más si no se controla el calor de hidratación, sobre todo en colados grandes. Por eso importan decisiones como tipo de cemento, dosificación, tamaño del vaciado y curado.
El agua manda: relación agua/cemento y durabilidad
El “secreto” más determinante suele ser la relación agua/cemento (a/c). Mucha agua facilita el trabajo en obra, pero deja una red de poros al evaporarse, y eso afecta casi todo: resistencia, impermeabilidad y durabilidad.
Regla sencilla: si sube demasiado el agua, el hormigón puede verse “bonito” al terminar… pero queda más débil y más permeable. A largo plazo, esa permeabilidad es la puerta para:
- penetración de cloruros (ambientes costeros),
- carbonatación (baja el pH y afecta el acero),
- ciclos de humedad-secado que aceleran deterioro.
¿Por qué se agrieta si es tan duro?
Las fisuras no siempre significan “desastre”, pero sí son un mensaje. El hormigón se agrieta por varias causas; las más comunes son:
- Retracción plástica: ocurre al principio, cuando el agua se evapora rápido de la superficie.
- Retracción por secado: con el tiempo, al perder humedad, el material reduce volumen.
- Cambios térmicos: contracción/expansión por temperatura.
- Asentamientos o movimientos de la estructura.
- Cargas o armados mal resueltos.
Curiosidad importante: el hormigón resiste muy bien a compresión, pero es débil a tracción. Por eso se usa acero: la armadura “toma” la tracción y el hormigón trabaja donde es más fuerte.
Aditivos: “química” para ajustar el comportamiento
Hoy es común modificar el hormigón con aditivos, y ahí aparecen curiosidades muy útiles:
- Plastificantes/superplastificantes: mejoran trabajabilidad sin añadir tanta agua.
- Acelerantes: ganan resistencia más rápido (útiles en tiempos cortos).
- Retardantes: retrasan el fraguado para climas cálidos o colados largos.
- Incorporadores de aire: mejoran comportamiento ante ciclos de congelación (donde aplique).
- Impermeabilizantes integrales: ayudan a reducir penetración de agua.
Ojo profesional: un aditivo no arregla una mala dosificación. Sirve para afinar, no para “salvar” una mezcla descontrolada.
El “enemigo silencioso”: carbonatación y corrosión
Aunque parezca raro, el hormigón protege al acero porque su pH alto crea una capa pasiva. Con el tiempo, el CO₂ del aire puede penetrar y causar carbonatación, bajando el pH. Si además hay humedad y oxígeno, el acero puede corroerse. La corrosión expande volumen y “revienta” el recubrimiento.
Curiosidad práctica: muchas patologías visibles no empiezan por fuera, sino por dentro, y aparecen años después. Por eso la calidad del recubrimiento, la compactación y el curado son tan decisivos.
¿Se puede “autorreparar” un hormigón?
En cierta medida, sí. El hormigón puede mostrar autocicatrización en microfisuras si hay humedad: compuestos no hidratados pueden reaccionar y sellar parcialmente. Además existen tecnologías como:
- microcápsulas que liberan agentes sellantes,
- bacterias que precipitan carbonato de calcio,
- fibras y mezclas especiales para controlar fisuración.
Curiosidad realista: estas soluciones son prometedoras, pero la base sigue siendo lo de siempre: buena mezcla, buena colocación y buen curado.
Errores típicos que arruinan un buen diseño
Para cerrar, tres fallos muy comunes que parecen pequeños y terminan grandes:
- Añadir agua “a ojo” en obra para “alivianar” la mezcla.
- Vibrado deficiente (o excesivo), que deja vacíos o segregación.
- Curado pobre por apuro o falta de protección.
El hormigón no es un material “muerto”: reacciona, se adapta, envejece y puede fallar si no se trata bien. Y esa es la curiosidad más útil: cuando se entiende cómo “vive”, se construye mejor.